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Vida y muerte del alto mando nazi Erwin Rommel, el "zorro del desierto" que quiso traicionar a Hitler y murió en el intento

Estaba harto de Hitler. Lo consideraba un inútil que había desatado "una guerra estúpida y brutal"; así fue el fallido plan.

Vida y muerte del alto mando nazi Erwin Rommel, el zorro del desierto que quiso traicionar a Hitler y murió en el intento

Por Alfredo Serra (extraído de Infobae.com)


El 14 de octubre de 1944, Erwin Johannes Eugen Rommel, de 52 años, se repone de algunas dolencias -secuela de heridas de guerra- en su casa de Herrlingen, un suburbio de Ulm, en Baden Wuerttemberg.

Lo acompañan Lucie, su mujer, y Manfred, su único hijo.

Hace días que, aunque sutilmente, su casa y los alrededores están vigilados por esbirros de la SS.

Un día antes recibió una llamada del Cuartel General Central de Berlín:
-Mañana lo visitarán los generales Whilhelm Burgdorf y Ernest Maisel, del Estado Mayor General.

No lo sorprende...

Los dos personajes llegan al mediodía. Uniformados. Serios. Lúgubres. En un coche oficial de la Wehrmatch: las fuerzas unificadas de la Alemania nazi.

Saludan a Lucie y a Manfred, y se encierran con Rommel en una sala.

La entrevista dura una hora. Y se van con el mismo gesto. Impasibles.

Muchos años después, Lucie contó así el dramático diálogo: "Erwin entró en nuestra habitación matrimonial, me miró en silencio un rato, y dijo:

-Vengo a decirte adiós. Dentro de un cuarto de hora estaré muerto.

-¿Por qué?

-Sospechan que tomé parte en el intento de asesinar a Hitler. Les contesté que no, pero fue inútil. Es el método que emplean siempre. El Führer me da a elegir entre el veneno o ser juzgado por un tribunal popular.

-Defiéndete... Elegí el tribunal.

-Es inútil. No llegaría a Berlín. Me matarían en el viaje.

-¿Cómo será tu muerte?

-Morderé una ampolla de cianuro. Otro de sus clásicos métodos...

Burgdorf y Maisel lo esperan en el auto.

Erwin toma su gorra, su bastón de mariscal, y sube. Dose, el chofer, pone proa a Ulm. Al rato, Burgdorf le ordena parar y salir a caminar por la ruta con Maisel, y se queda solo con Erwin.

Luego de unos minutos, los llama. El mariscal más poderoso y popular del Tercer Reich está encorvado y tendido sobre el asiento trasero.

Su gorra y su bastón, en el suelo. El Zorro del Desierto ha muerto.

Comunicado oficial: "Muerte por derrame cerebral". No hay autopsia. Luego del velatorio y del impresionante funeral, lo incineran y entierran las cenizas en Herrlingen.

Hitler ordena un día de luto nacional: la última farsa...

Nacido en Heindenheim and der Brenz el 15 de noviembre de 1891, su carrera militar (1910 a 1944) empezó a los 19 años en la Primera Guerra Mundial, la de Movimiento en Rumanía e Italia, dos décadas de formación, y la Segunda Guerra Mundial combatiendo en Polonia, Francia, África, Italia, y Francia otra vez.

A diferencia de los más altos barones del nazismo, aristócratas por nacimiento y dueños de grandes fortunas, Rommel era hijo y nieto de profesores de matemáticas: burguesía media. Sus maestros lo juzgban como "un niño muy dócil y amable, bajito para su edad, más afín a oír que hablar, amistoso, sin miedo a nada: el hijo que cualquier madre querría tener".

Pero antes de cumplir 10 años demostró ser un superdotado mental. Se aburría en las clases, no le interesaba materia alguna... pero las aprobaba con excelentes notas, "y sin ningún esfuerzo", según sus profesores.

Llegado a la adolescencia, violenta vuelta de tuerca: el niño manso estalló como una bomba. Energía continua. Esquí, ciclismo, andinismo, box... y cuanto deporte fue inventado desde los griegos en adelante.

Quiso ser ingeniero -construyó con sus manos un planeador de tamaño natural-, pero su padre (que murió joven, en 1913) se opuso..., y Erwin se alistó en el ejército. Un refugio obligado que lo modelaría como el Hombre del Destino, a pesar de servir con genio, sangre y fuego al mayor plan criminal de la Historia.

Pronto pasó de cadete a soldado, cabo y sargento, y en la Escuela de Guerra de Danzig (1911) conoció a Lucie Marie Mollin, hija de un terrateniente prusiano. Se casaron en 1916 a pesar del choque religioso: Erwin era protestante, y Lucie, católica.

Matrimonio y fidelidad hasta la muerte, aunque un par de historiadores juran que en 1913 tuvo una ardiente aventura con Walburga Stemmer, una joven frutera con la que tuvo una hija: Gertrud Stemmer Pan. Y la investigación fue más allá: según los mismos historiadores, Walburga se suicidó en 1928 al saber que había nacido Manfred Rommel...

Dos años antes de la Primera Guerra Mundial, Erwin es un formidable instructor de tropas: pasión, capacidad didáctica, cuerpo incansable, y casi un asceta: no fuma, no toma alcohol -un alemán rara avis-, no frecuenta bailes (¡y menos cuevas non sanctas!), y en todo momento se comporta como un caballero: rasgo que lo acompaño toda su vida.

Pero aún le faltaba el bautismo de sangre. Y sucedió el 22 de agosto de 1914 en la frontera franco-belga. Marcha sólo con dos soldados y un suboficial, descubre una patrulla de veinte soldados franceses acampados, ¡y abre fuego! Cuatro contra veinte. Mata a la mitad, y bate en retirada...sin bajas propias.

Un mes después, como enlace en solitario, se topa con una patrulla de cinco soldados franceses. Dispara. Mata a dos. Y en lugar de recargar su fusil, carga a la bayoneta contra los otros tres, que huyen.

Por esa acción gana su primera medalla: la Cruz de Hierro de segunda clase. Seguirían la Cruz de hierro de Primera Clase, la Cruz de Hierro con hojas de roble, espadas y diamantes, la Orden Pour le Mèrite, la Insignia de Asalto Panzer en Plata, y la Medalla de Herido, en Oro.

Ganadas siempre a su estilo: como una tormenta, como un rayo mortal cayendo sobre el enemigo aun en inferiores condiciones. Arrasando alambradas, trincheras, casamatas... Un estratega de inteligencia superlativa y de coraje suicida. Lo mismo en el llano que en la montaña. Y estrella en la célebre batalla de Caporetto, 1917, su debut en el frente italiano, rompiendo las líneas y tomando prisioneros a más de mil enemigos...

Pero Alemania capituló.

El Tratado de Versalles permitió que las fuerzas derrotadas se redujeran a cien mil hombres liderados por cuatro mil oficiales de elite: el pequeño ejército de la República de Weimar... que debía crecer de la mano de un líder militar. Y ese hombre fue Rommel.

Dedicado a eso en cuerpo y alma, el primer día de abril de 1932 fue puesto al mando del Tercer Batallón del 17º Regimiento de Infantería de Montaña. Y en el desfile de la Pascua de 1935... se encontró por primera vez con Hitler.

Y no cordialmente... Rommel se enteró que un pelotón de las SS, por seguridad, se formaría entre su batallón y Hitler, y el futuro Zorro del Desierto se negó a desfilar:

-Esto es un insulto. Si el Jefe del Estado no se siente seguro frente a sus propios soldados, no los haré formar -dijo, con temeraria firmeza.

Incidente que bien pudo derivar en un duro castigo. Pero Heinrich Himmler y Joseph Goebbels intercedieron. Las SS no formaron... ¡y Hitler felicitó a Rommel por su batallón y su actitud!

En 1937, a la luz de su vasta experiencia en combate, el favorito del Führer desde aquel episodio publica su único libro: Infanterie greift an (La Infantería ataca), repetido en decenas de ediciones, traducido a varios idiomas y biblia guerrera de lectura obligatoria en infinitas academias militares del mundo.

¿Su lector más devoto?: Hitler. Que eligió a Rommel como cabeza del batallón de su guardia personal. Resultado: trato casi diario entre los dos hombres. Convivencia. Y una influencia inicial sobre Erwin, casi enamorado de las supuestas virtudes del monstruo a partir de la invasión de Polonia: le atribuye seguridad en sí mismo, valor personal, dotes de mando, capacidad de gestión, y una saludable tendencia a obedecer a sus impulsos contra las mentes más conservadoras de su Estado Mayor General.

Todavía no se había estrellado contra la obstinación irracional, los insólitos caprichos, los ataques de histeria, su desprecio por la vida de sus soldados ordenando misiones suicidas, su ignorancia acerca de las elementales leyes de la estrategia... y su infinita imbecilidad.

Pero ya llegaría...

Antes, el Führer le preguntó qué destino ansiaba, y Rommel no dudó:

-El mando de una división blindada. Tanques y carros de asalto...

Y así, el 15 de febrero de 1940, el Zorro alcanzó el cenit de su carrera: la Séptima División Panzer. Que sería llamada "La división fantasma" por la sorpresa, la velocidad y la destrucción con que ese Deutsches Afrikakorps se adueñaba de cuanto objetivo se proponía usando la letal técnica de la Blitzkrieg -la guerra relámpago-, y con su jefe al frente, muchas veces a riesgo de morir en combate...

Se avecinaban las célebres y sangrientas batallas contra el general británico Bernard Montgomery (Monty). La guerra del desierto para arrasar a los aliados en Libia..., pero fracasar en la ocupación de Egipto y el puerto de Tobruk.

Mucho más de lo que Rommel podía tolerar...

Siempre liderando su Blitzkrieg, batió en retirada a los ocupantes y recuperó Tobruk: sus 33 mil defensores se rindieron.

Pero la sombra de la derrota y de su buena estrella fue el Alamein, a cien kilómetros de Alejandría. Rommel cayó con tanques, armas y bagajes. Se quedó sin gasolina -error de Hitler-, y los aliados, con la máquina Enigma, detectaron todos los mensajes secretos alemanes.

Ante el desastre y la segura masacre de sus hombres, Rommel ordenó retirada.

Hitler enloqueció y lanzó su eterna y delirante orden: la que no acalló ni siquiera cuando los aliados golpearon las puertas de su bunker:
-¡Nada de retiradas! -un aullido que condenaba a muerte a los suyos.

Y llegó el principio del fin. El 6 de junio de 1944. El Día D. La Operación Overlord. El mayor ataque por aire, mar y tierra de la historia moderna. Y ante esa ola apocalíptica... los peores errores estratégicos de Hitler. Nada pudieron hacer Rommel y sus blindados. La guerra, el sueño del Tercer Reich de los Mil Años, era sólo muerte, ciudades despedazadas, papel mojado...

Pero antes, en julio de 1944, empezó a escribirse el capítulo final de la vida de Rommel: la conspiración contra el Führer.

Algunos jerarcas nazis, ante la inevitable caída, decidieron matar a Hitler, nombrar en su lugar una figura sensata y relevante, e iniciar conversaciones de paz con los aliados como único modo de salvar a Alemania.

Todos los ojos se pusieron en Rommel. En ese momento, más popular en el país que el propio Hitler.

Y en ese punto empiezan los vaivenes. Rommel estaba harto de Hitler. Lo consideraba un inútil que había desatado "una guerra estúpida y brutal". Un loco sin límite alguno. Además, no hacía mucho que se había enterado de la existencia de los campos de concentración y sus monstruosos métodos: doble razón para sacarlo del escenario (Dato: Rommel no cometió jamás un crimen de guerra, ni siquiera contra los partisanos, nombre genérico de los movimientos de Resistencia contra el nazismo).

No se negó a ser el hombre providencial después de la caída de Hitler. Pero se negó a que lo mataran: quería que fuera encarcelado y juzgado.

Sin embargo, y a sus espaldas, el 20 de julio de 1944, durante una reunión en la Guarida del Lobo, cuartel secreto de Hitler en medio de un bosque, se concretó la Operación Valquiria. Su jefe, el coronel conde Claus von Stauffenberg, puso un maletín con dos bombas, debajo de la mesa y muy cerca de Hitler... pero éste se movió hasta un extremo, y la explosión no lo alcanzó.

Rommel no estaba: ametrallado su jeep por un avión aliado, trataban de salvarle la vida en un hospital: cuatro fracturas de cráneo y peligro de perder un ojo.

Pero el Führer supo que formó parte de la conspiración, y ordenó su muerte.

La cápsula de cianuro lo estaba esperando, y llegó a la cita.
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